Antes de compartir la vida con alguien más, existe una relación fundamental que muchas veces pasamos por alto: la que tenemos con nosotros mismos. El amor propio no es egoísmo ni autosuficiencia extrema; es la base emocional desde la cual construimos vínculos sanos y equilibrados.

Cuando una persona entra en una relación sin haber trabajado su amor propio, es común que aparezcan dinámicas de dependencia emocional, miedo al abandono o la necesidad constante de validación externa. En estos casos, la pareja puede convertirse —inconscientemente— en una fuente de seguridad, identidad o valor personal, lo que genera vínculos frágiles y desequilibrados.

En cambio, cuando el amor propio está presente, la relación se vive desde la elección y no desde la necesidad. Se puede amar sin perderse, compartir sin anularse y acompañar sin cargar con responsabilidades que no corresponden. Una persona con amor propio reconoce sus límites, expresa lo que siente con claridad y entiende que el afecto no debe doler para ser real.

Además, el amor propio permite tolerar mejor los conflictos. Quien se valora a sí mismo no teme al desacuerdo, porque sabe que una diferencia no define su valor. Esto facilita una comunicación más honesta, reduce los juegos de poder y promueve acuerdos más saludables.

Trabajar el amor propio no significa esperar a “estar perfecto” para amar, sino asumir la responsabilidad de conocerse, cuidarse y respetarse. Desde ahí, las relaciones dejan de ser un refugio emocional y se convierten en un espacio de crecimiento mutuo.

Recordá: una relación sana no viene a completar lo que falta, sino a sumar a lo que ya sos.

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